Desnuda la mañana, el sol irrumpió en mi cama, a diferencia de los demás días, no estaba solo. Al despertar, el alcohol en mis venas se había disipado; en mi cabeza mil y una voces imprudentes, me recordaban la frase preferida de mi padre: “la belleza en la mujer es relativa a la cantidad de alcohol que circula por las venas de los hombres”. Por desgracia no era mi caso.
La sobriedad de la mañana me permitió ver con mayor claridad su increíble belleza; aquella diosa del amor dormida entre mis sabanas. Como musa inspiradora de mil poemas, postrada en mi cama, junto al pervertido Sol que acariciaba sus muslos y sus caderas, serena dormía. Mientras, yo a distancia, cual pintor, observaba aquella invaluable obra de arte. Su delirante aroma permanecía intacto, cual rosa eterna.
Aunque por más que trato, no dejo de mirarla; a la vez que un extraño escalofrió se apoderaba de mí, al saber que al despertar se iría, tan lejos como la felicidad de un sentenciado a muerte. Como siempre he sabido, la desgracia de los enamorados es que el amor suele ser traicionero, aparece cuando y con quien uno menos se lo espera; ataca directo al corazón, fulmina a sus victimas. Por suerte, el mío hace tiempo lo había perdido en una mala mano de poker.
Ya me había fumado más de lo habitual cuando despertó; abrió sus ojos de miel, tan despacio cual flor al abrir sus pétalos; su rostro, mas que alegría o tristeza, reflejaba asombro; en un instante su rostro sonrojó como hierro al fundirse; bajo la cabeza con tal rapidez, tratando de esconder aquellas inesperadas lagrimas que merodeaba sus mejillas. Enmudecí, mientras aquella colilla de cigarro se consumía en mis manos, inundando la habitación.
El cenicero estaba lleno, pero aun así mi cuerpo me pedía fumar. Con un sutil gesto le ofrecí mi último cigarrillo, pero no acepto; por instantes agradecí hacia mis adentro su no. Encendí el cigarro, me aleje, cediéndole el tiempo y el espacio para pensar; al final cuando su tristeza menguo, se acerco, me beso como se besa al amor que se pierde por un largo viaje. En tan solo un instante se vistió, mientras yo aun continuaba desnudo; conteniéndome, cual cura en burdel, apegado siempre a mi viejo diccionario, al cual le habían extirpado la página donde reposaba la palabra Amor.
Por minutos, sus ojos miraban mis ojos, esperando solo una palabra que saliera de mi boca; palabras que al igual que el desaparecido no llegarán. Como todo un idiota, rápidamente tome mi billetera, saque todo el dinero que había; la escena se me hacia extraña, pero aun así lo creía correcto; por desgracia no acepto, sonrió y sin palabras, ni gestos, tomo su bolso y rápidamente por la puerta salio. Me costo unos pocos minutos reaccionar, corrí de tras de ella; desde la puerta de mi pensión en un lujoso auto la vi subir, trate de alcanzarla, pero los años de malas noches, me pasaron factura. se marcho…y sin siquiera mirar a tras.
A más de un mes, su perfume, su piel, sus labios, sus senos, sus caderas; castigo sean mis recuerdos; aquella pagina desterrada, tan notoria en el libro de mi vida.
La sobriedad de la mañana me permitió ver con mayor claridad su increíble belleza; aquella diosa del amor dormida entre mis sabanas. Como musa inspiradora de mil poemas, postrada en mi cama, junto al pervertido Sol que acariciaba sus muslos y sus caderas, serena dormía. Mientras, yo a distancia, cual pintor, observaba aquella invaluable obra de arte. Su delirante aroma permanecía intacto, cual rosa eterna.
Aunque por más que trato, no dejo de mirarla; a la vez que un extraño escalofrió se apoderaba de mí, al saber que al despertar se iría, tan lejos como la felicidad de un sentenciado a muerte. Como siempre he sabido, la desgracia de los enamorados es que el amor suele ser traicionero, aparece cuando y con quien uno menos se lo espera; ataca directo al corazón, fulmina a sus victimas. Por suerte, el mío hace tiempo lo había perdido en una mala mano de poker.
Ya me había fumado más de lo habitual cuando despertó; abrió sus ojos de miel, tan despacio cual flor al abrir sus pétalos; su rostro, mas que alegría o tristeza, reflejaba asombro; en un instante su rostro sonrojó como hierro al fundirse; bajo la cabeza con tal rapidez, tratando de esconder aquellas inesperadas lagrimas que merodeaba sus mejillas. Enmudecí, mientras aquella colilla de cigarro se consumía en mis manos, inundando la habitación.
El cenicero estaba lleno, pero aun así mi cuerpo me pedía fumar. Con un sutil gesto le ofrecí mi último cigarrillo, pero no acepto; por instantes agradecí hacia mis adentro su no. Encendí el cigarro, me aleje, cediéndole el tiempo y el espacio para pensar; al final cuando su tristeza menguo, se acerco, me beso como se besa al amor que se pierde por un largo viaje. En tan solo un instante se vistió, mientras yo aun continuaba desnudo; conteniéndome, cual cura en burdel, apegado siempre a mi viejo diccionario, al cual le habían extirpado la página donde reposaba la palabra Amor.
Por minutos, sus ojos miraban mis ojos, esperando solo una palabra que saliera de mi boca; palabras que al igual que el desaparecido no llegarán. Como todo un idiota, rápidamente tome mi billetera, saque todo el dinero que había; la escena se me hacia extraña, pero aun así lo creía correcto; por desgracia no acepto, sonrió y sin palabras, ni gestos, tomo su bolso y rápidamente por la puerta salio. Me costo unos pocos minutos reaccionar, corrí de tras de ella; desde la puerta de mi pensión en un lujoso auto la vi subir, trate de alcanzarla, pero los años de malas noches, me pasaron factura. se marcho…y sin siquiera mirar a tras.
A más de un mes, su perfume, su piel, sus labios, sus senos, sus caderas; castigo sean mis recuerdos; aquella pagina desterrada, tan notoria en el libro de mi vida.