sábado, 28 de julio de 2007

EL ALCOHOL NO MUERE EN CAMAS VACIAS II: Felicidad, enemiga bohemia

Desnuda la mañana, el sol irrumpió en mi cama, a diferencia de los demás días, no estaba solo. Al despertar, el alcohol en mis venas se había disipado; en mi cabeza mil y una voces imprudentes, me recordaban la frase preferida de mi padre: “la belleza en la mujer es relativa a la cantidad de alcohol que circula por las venas de los hombres”. Por desgracia no era mi caso.

La sobriedad de la mañana me permitió ver con mayor claridad su increíble belleza; aquella diosa del amor dormida entre mis sabanas. Como musa inspiradora de mil poemas, postrada en mi cama, junto al pervertido Sol que acariciaba sus muslos y sus caderas, serena dormía. Mientras, yo a distancia, cual pintor, observaba aquella invaluable obra de arte. Su delirante aroma permanecía intacto, cual rosa eterna.

Aunque por más que trato, no dejo de mirarla; a la vez que un extraño escalofrió se apoderaba de mí, al saber que al despertar se iría, tan lejos como la felicidad de un sentenciado a muerte. Como siempre he sabido, la desgracia de los enamorados es que el amor suele ser traicionero, aparece cuando y con quien uno menos se lo espera; ataca directo al corazón, fulmina a sus victimas. Por suerte, el mío hace tiempo lo había perdido en una mala mano de poker.

Ya me había fumado más de lo habitual cuando despertó; abrió sus ojos de miel, tan despacio cual flor al abrir sus pétalos; su rostro, mas que alegría o tristeza, reflejaba asombro; en un instante su rostro sonrojó como hierro al fundirse; bajo la cabeza con tal rapidez, tratando de esconder aquellas inesperadas lagrimas que merodeaba sus mejillas. Enmudecí, mientras aquella colilla de cigarro se consumía en mis manos, inundando la habitación.

El cenicero estaba lleno, pero aun así mi cuerpo me pedía fumar. Con un sutil gesto le ofrecí mi último cigarrillo, pero no acepto; por instantes agradecí hacia mis adentro su no. Encendí el cigarro, me aleje, cediéndole el tiempo y el espacio para pensar; al final cuando su tristeza menguo, se acerco, me beso como se besa al amor que se pierde por un largo viaje. En tan solo un instante se vistió, mientras yo aun continuaba desnudo; conteniéndome, cual cura en burdel, apegado siempre a mi viejo diccionario, al cual le habían extirpado la página donde reposaba la palabra Amor.

Por minutos, sus ojos miraban mis ojos, esperando solo una palabra que saliera de mi boca; palabras que al igual que el desaparecido no llegarán. Como todo un idiota, rápidamente tome mi billetera, saque todo el dinero que había; la escena se me hacia extraña, pero aun así lo creía correcto; por desgracia no acepto, sonrió y sin palabras, ni gestos, tomo su bolso y rápidamente por la puerta salio. Me costo unos pocos minutos reaccionar, corrí de tras de ella; desde la puerta de mi pensión en un lujoso auto la vi subir, trate de alcanzarla, pero los años de malas noches, me pasaron factura. se marcho…y sin siquiera mirar a tras.

A más de un mes, su perfume, su piel, sus labios, sus senos, sus caderas; castigo sean mis recuerdos; aquella pagina desterrada, tan notoria en el libro de mi vida.

miércoles, 4 de julio de 2007

EL ALCOHOL NO MUERE EN CAMAS VACIAS





A medida que me alejaba de aquel triste Bar, el alcohol me consumia; como adicto a drogas, mi cuerpo me pedía cama… y una buena compañía, que relajara mis más profundos deseos de pasión alcoholizada. Era una de esas noches en las que el alcohol no muere en camas vacías, a esas horas en las que el amor esta dormido, y por sustituto solo queda el deseo.
A pocas cuadras de allí, una habitación fría, un colchón, una mesa, una nevera sin cervezas, un viejo abanico y un radio, que al igual que su dueño, no quería dormir.

A solo un par de esquinas, justo antes de rendirme a la soledad de la noche, la ví; estaba sola, como una noche sin estrellas, banco sin parejas, billetera antes de un quince, mi nevera sin cervezas. Llevaba blusa clara, falda corta, tacones y medias negras como aquella triste canción. El alcohol en mis venas no se hacia tan evidente, como su tan respetada profesión. Su mirada, su cadera, su gracia, levantaron la pasión debajo de mis pantalones; como no desearla, como no comprarla. Cual tambaleante Don Juan, sigiloso me acerque, la sujete y susurre sutilmente al oído: “te vienes conmigo”, más que un sí como respuesta, su picara sonrisa. Sin mediar palabras, la invite a mi tumba; aquella fría habitación, donde esperaba aquel zumbante abanico, junto a un extraño radio que solo sabia tocar canciones de Sabina.

En el trayecto, de repente recordé semanas antes haber maldecido a las autoridades por la falta de un buen farol en aquellas oscuras calles, esta noche juro que los amaba. Entre esquinas y esquinas, mis manos, sus labios, mis labios, sus manos, era toda una poesía bohemia, si juro no haberla tocado, más que mentir, blasfemo.

Al llegar a aquella vieja edificación, con su chillante puerta de metal, anudada a los ladridos del maldito perro de mi vecina, que me acordaban los límites de horas de visitas; por suerte nunca fui ferviente seguidor de las reglas y ella muy bien que lo sabía. Pero, como pensar en reglas o vecinas, cuando llevas de la mano la llave del paraíso, aquel que solo esta unos pasos, al final de unas escaleras. Frente a mi puerta, más que pasion, su cuerpo tan cerca al mió, corazones agitados, mis labios en sus senos, mi cuello en sus labios. Nunca antes había durado tanto para abrir mi puerta; quizás por que antes no lo había intentado con una mano sujetando una blusa y la otra debajo de una falda.

Al abrirse la puerta, la advertencia usual de no te fijes quedo olvidada, sabia que solo un colchón bastaba, sin palabras de amor, sin nombre, sin pasado y mucho menos futuro. En aquella habitación fría y oscura, cosas caían y rompían; todo por una buena razon, llegar al radio antes de volver a tocarla. Al despojarse de su ropa, la habitación se ilumino; más que su impresionante cintura, su cabellos rizados, sus ojos delirios de mortales o sus labios de miel; su olor, ese aroma que emanaba de su cuerpo, impregnado en mi mente, mis manos, mis ojos, mis labios, mi cuerpo; nunca imagine encontrar a la misma diosa afrodita, en calles de perdición.

Una vez desnudos, mi cuerpo junto al suyo, la oscura y fría habitación se torno calurosa e iluminada. Húmedos dos cuerpos, el mío sobre el suyo, el suyo sobre el mío, las paredes derretidas al compás de sus gemidos. Mi delirio se hizo extremo, le jure que la amaría, que no la dejaría, rápidamente un beso, y sus labios aun con sus lagrimas eran tan dulce como la miel, la miré, bastaron solo unos pocos segundos para deleitarme de su belleza. Dos cuerpos humedecidos de pasión y agotados por el deseo, uno sobre el otro, mientras, en la radio, aquella voz ronca nos cantaba al amanecer. Y al final, la mañana venció a la madrugada, ella se durmió, recostando su cabeza a mi pecho; mientras yo…dure despierto lo que dura en pie un suicida al borde del abismo.