
A medida que me alejaba de aquel triste Bar, el alcohol me consumia; como adicto a drogas, mi cuerpo me pedía cama… y una buena compañía, que relajara mis más profundos deseos de pasión alcoholizada. Era una de esas noches en las que el alcohol no muere en camas vacías, a esas horas en las que el amor esta dormido, y por sustituto solo queda el deseo.
A pocas cuadras de allí, una habitación fría, un colchón, una mesa, una nevera sin cervezas, un viejo abanico y un radio, que al igual que su dueño, no quería dormir.
A solo un par de esquinas, justo antes de rendirme a la soledad de la noche, la ví; estaba sola, como una noche sin estrellas, banco sin parejas, billetera antes de un quince, mi nevera sin cervezas. Llevaba blusa clara, falda corta, tacones y medias negras como aquella triste canción. El alcohol en mis venas no se hacia tan evidente, como su tan respetada profesión. Su mirada, su cadera, su gracia, levantaron la pasión debajo de mis pantalones; como no desearla, como no comprarla. Cual tambaleante Don Juan, sigiloso me acerque, la sujete y susurre sutilmente al oído: “te vienes conmigo”, más que un sí como respuesta, su picara sonrisa. Sin mediar palabras, la invite a mi tumba; aquella fría habitación, donde esperaba aquel zumbante abanico, junto a un extraño radio que solo sabia tocar canciones de Sabina.
En el trayecto, de repente recordé semanas antes haber maldecido a las autoridades por la falta de un buen farol en aquellas oscuras calles, esta noche juro que los amaba. Entre esquinas y esquinas, mis manos, sus labios, mis labios, sus manos, era toda una poesía bohemia, si juro no haberla tocado, más que mentir, blasfemo.
Al llegar a aquella vieja edificación, con su chillante puerta de metal, anudada a los ladridos del maldito perro de mi vecina, que me acordaban los límites de horas de visitas; por suerte nunca fui ferviente seguidor de las reglas y ella muy bien que lo sabía. Pero, como pensar en reglas o vecinas, cuando llevas de la mano la llave del paraíso, aquel que solo esta unos pasos, al final de unas escaleras. Frente a mi puerta, más que pasion, su cuerpo tan cerca al mió, corazones agitados, mis labios en sus senos, mi cuello en sus labios. Nunca antes había durado tanto para abrir mi puerta; quizás por que antes no lo había intentado con una mano sujetando una blusa y la otra debajo de una falda.
Al abrirse la puerta, la advertencia usual de no te fijes quedo olvidada, sabia que solo un colchón bastaba, sin palabras de amor, sin nombre, sin pasado y mucho menos futuro. En aquella habitación fría y oscura, cosas caían y rompían; todo por una buena razon, llegar al radio antes de volver a tocarla. Al despojarse de su ropa, la habitación se ilumino; más que su impresionante cintura, su cabellos rizados, sus ojos delirios de mortales o sus labios de miel; su olor, ese aroma que emanaba de su cuerpo, impregnado en mi mente, mis manos, mis ojos, mis labios, mi cuerpo; nunca imagine encontrar a la misma diosa afrodita, en calles de perdición.
Una vez desnudos, mi cuerpo junto al suyo, la oscura y fría habitación se torno calurosa e iluminada. Húmedos dos cuerpos, el mío sobre el suyo, el suyo sobre el mío, las paredes derretidas al compás de sus gemidos. Mi delirio se hizo extremo, le jure que la amaría, que no la dejaría, rápidamente un beso, y sus labios aun con sus lagrimas eran tan dulce como la miel, la miré, bastaron solo unos pocos segundos para deleitarme de su belleza. Dos cuerpos humedecidos de pasión y agotados por el deseo, uno sobre el otro, mientras, en la radio, aquella voz ronca nos cantaba al amanecer. Y al final, la mañana venció a la madrugada, ella se durmió, recostando su cabeza a mi pecho; mientras yo…dure despierto lo que dura en pie un suicida al borde del abismo.