miércoles, 13 de junio de 2007

El Libro

Llegó con las esperanzas abiertas en las manos, el libro que nunca ha de leer, se acercó, dijo lo que ya sabemos, se alejó sigiloso, se hiso sincero, cruzó los dedos por sus cejas, calculó, puso la primera ronda, no hablo más del caso.

Escondido de tras de sus divertidas historias, para no volver a calcular, para no volver a pasar discretamente el libro. Se frotó una vez más las cejas, rió más que todos, para olvidar sus rotos bolsillos y del resto de su semana le rien las mujeres de culos apretados.

Era su hora, viernes en la noche; pasadas las once; en casa sobre la mesa, la nunca ausente sopa fria, su viejo despierto, mirando el reloj y pensando: “ pobre mijo, con su libro arratro”.

Autor: Edward Moreno

1 comentario:

Anónimo dijo...

Felo con su ojo magico y sus aprendisajes en una esquina del “Bon-soir”, o del Monaco pornografico un viernes cualquiera. Un cadaver de casi cuareta años en las piernas (como diría Onetti), otra ronda de cerveza. Quien le mete los veinte entre las tetas, enrollado para que no se de cuenta que son veinte. Wascar como una serpierte saca la lengua con un movimiento giratorio que pasa por su diente mutilado, y que es como la señal, entonces se acerca a la mesa otra veterana, la que estuvo bailando una tres caciones antes, se le sienta como a Felo en las piernas y pide una cerveza. Víctor sólo se rie, pero mentalmente cálcula –Hey, muchachos, vamos a poner la última (ronda) y vámonos de aquí, por que estas mujeres nos van a dar como eh. Esa azaroza! diablo que culo tiene esa degracia’! E’perence- se le sentó la mulata bolubtuasa a Victor y le comenzó a rozar las nalgas desde el pecho hasta un poco mas para abajo del estomago. –Pongan esta ronda entre to’, que yo pongo la otra, hey! disimuladamente pasame el libro de Herasmo Martínez, con veinte pesos-, Me dijo Víctor. Ida la diabla de Víctor con los veinte enpuñados y humiando del enojo; no por el pellizco, no recuerdo de quien en unos de los pezones, sino por los veinte. –Les voy hacer sincero, solamente tengo lo del pasaje-, dice Victor. Felo lo apunta con su ojo magico y sentencia: -Yo sabía que este charlantan iba a saltar con una de la suya, vámonos antes de que comencemos a halar aire y nos saquen como de “Parada”. Jairo sólo atinó a peinarse las ejas y a dejar de manosear la rubia que pasaba al frente de la mesa. Y así cada quien con lo del pasaje en un rincon del bolsillo izquierdo, hizo su camino ceniciento hacia su casa un viernes de aprendisaje en la noche.